El cielo caía bajo el peso de nubes oscuras porque era invierno y acababa la tarde. Ella continuó caminando, internándose en la montaña. Cuando le preguntaron por la ciudad que había dejado atrás no pudo evitar dejar crecer la sombra que iluminaba su semblante. Después les dijo:
-Muerto estaría mi corazón si algún centímetro de este bosque que recorro no estuviese lleno del rumor de esa ciudad. De esa bruma que respira allá abajo. De ese aliento agitado donde anhelé enterrar mis amores.
Pero no hay barco para mí, no hay camino. Jamás podré dejar atrás esa pequeña esquina de la tierra a donde mi sueño me devuelve incesante.
Y siguió caminando con la ciudad detrás, intentando olvidar su deseo de olvidarlo todo.
1
Olvida la infancia, el limbo.
La loma intensa y fría bajo la niebla de los amaneceres.
El patio florecido donde aprendiste a dibujar las palabras.
Olvida al niño que te habló en la oscuridad de una mañana de invierno y desvistió ante sus ojos y los tuyos su cuerpo, mostrando inconsolable su pregunta.
Dejándote sin respuesta.
Y olvida el desastre de la segunda infancia, la más sola, la que aún habitas sin lograr atravesar el umbral, la que te hace decir rebeldes palabras rebeldes y no sofocar jamás tu inquietud.
Esta es la segunda infancia.
Aquí la angustia se hace más pura y el pasado más incierto.
Y la resolución de cambiar el universo agita tu aliento.
Y tus amores te llevan hasta el fondo hasta la cima, e instruyen tu alma segundo a segundo en la sabiduría de la muerte.
2
La niña que fui se empina para mirarme.
Me da un codazo. Me pregunta si he olvidado la pregunta.
Le digo que no he cesado de repetirla.
Su mirada se vuelve más redonda.
Le digo que no tengo la respuesta, es más, la pregunta ha crecido.
Otra niña se nos acerca intrigada. Soy yo unos años después.
Nos muestra un viejo cuaderno y contonea su cuerpo con vanidad.
Dice que escribe. ¿Recuerdas?
Nos habla de un príncipe que toca el violín y ha desterrado de sus sueños el silencio.
Le digo que se ha ido.
Me grita que no me meta en su vida, que le deje su paz.
Le digo que la perderá lo mismo que al príncipe.
La niña que primero fui interviene. Pregunta si un príncipe es algo tan valioso como para formar la guerra entre nosotras.
Me preocupo.
Temo que las muchachas que después fui aparezcan ahora preguntando cada una por sus tesoros.
3
Nada de vértigos astrales y desconocidas piedras preciosas. Nada de forzosos extrañamientos poéticos, de falsos ritos.
Hablaré de la tierra consagrada por el abuelo en el centro de mi infancia. De su olor a lluvia o a vida cuando el amanecer me llama a la ventana, y el brillo del mundo me devuelve su frase:
Písala con los pies descalzos. La energía que asciende por tu cuerpo te hermana con el resto del universo.
Y aún, cuando recorro los andenes solos y oscuros y el viento acecha en mis oídos refrescando el acalorado monólogo, un lejano olor a peces me recuerda el mar.
Y busco un pedazo de camino y quiero olerlo.
Y quiero pisarlo.
Y aunque no es de tierra, la piel de mis pies toca el mundo.
Y mi sangre vuelve a ser parte de la sangre del universo.
4: Genealogía
En enero los pastos amanecieron húmedos, entregados a la sensación de nuevo comienzo que devoraba las flores, los hombres y las casas, no obstante la desesperanza, en boca de todos ahora que pasa el tiempo y todos vemos que pasa. Lo vemos pasar en las sombras de las paredes de las tardes, extendido como un enorme lagarto y su mirada plana; como un joven amor: Disperso. Fresco. Terrible.
Ondeaban bajo el viento de la tarde y gritaban domesticados bajo el asombro de la medianoche los pastos verdes y amarillos como los cuadros de Van Gogh y de Millet, allí afuera, entregados a ser todo color, largo, delgado y extendido sobre el mundo.
Y más allá, donde me acostumbré a imaginar tu ausencia de tanto mirarla, las cañas que sembraste nombraron su nacimiento, como una premonición, o una despedida a todos los tiempos del pasado.
Pienso en Julia. Pienso en Enma. En Ofelia.
Pienso en las abuelas que se cansaron de tanto amar calladas una imagen de su propio ser. Inalcanzable, loca, absurda.
O de imaginar que nunca sería el tiempo de su dulzura, y Su pasión, contenida en los labios más apretados que el beso del abuelo.
Pero no imaginemos más su desesperanza
Aquí la nuestra vuelve a afincarse en la genealogía de los gritos del cielo.
5: El abuelo, el padre
I
La vida es dura y difícil y el abuelo era un sabio.
Todo lo supo mucho antes que ocurriese el desvío, y mucho antes de estar parada yo frente al amor él lo predijo, tan sólo con mirarme jugar entre muñecos descuartizados.
¡No! No puedo sugerirme una vía al olvido, y todo aquí me apasiona de forma insoportable, perversa y dolorosa.
Ah, la calma de los lagos oscuros donde el sabio encontró la cosa que perturbaba su mirada.
El sabio, el abuelo de palabras sin enigmas y sin embargo, indescifrables, premonitorias.
II
Soy el beso de mi padre. Su ausencia y su pregunta.
En mi boca llevo un torrente y en mis ojos un punto inalcanzable que hurgo sin cesar.
Pues mi mirada está hecha de la suya
De una ansiedad pasiva
De una furia domesticada.
Al torrente busco dar un perfecto cauce y muero diariamente en el intento, mas después vuelvo a vivir sin poder dominarlo.
Soy la maga que ha recorrido el mundo buscando la fórmula y puede ya reconocer el desespero que se gesta en su alma.
En las altas noches, cuando han llovido mil preguntas de sus labios rojos, y han besado el aire y el vacío.
6
El espejo me muestra la que todos ven.
Yo sigo acá sin ver el lado que siempre estará oculto
Menguando de revés a todos los astros.
7
Abierta mi ventana grita la voz del viento en los aposentos olvidados.
De otras tierras vuelve renovado su olor a pájaros y a frutas. A bosques en lucha con columnas de humo negro. A miles de peces salados en los estanques.
Olor de los días rebelados contra sus noches.
Diaria madrugada del tugurio que cerca la ciudad y trepa la montaña colgado de un pedazo de planeta que no alcanza.
Redondo pedazo de tierra girando, mostrándose al universo
Redondo pedazo de tierra y agua que no alcanza.
8
Quedarme en la ventana ojo y boca de la casa.
Vacío colmado de sucesos y preguntas, arrastrado por la vida que pasa sin cesar. Afuera y adentro mirando, mirando.
Ventanita todos te miran
Todo afuera quiere hurgar adentro
Todo adentro quiere escudriñar afuera.
9
DESOLADO vagar de los andenes por sus legendarias verdades.
Incesante pelea de unos hombres y otros hombres erguidos como árboles, como inamovibles torres, hombres durmiendo al filo de pequeños rascacielos, hombres huyendo de su íntima Babel alucinada, hombres y otros hombres guardando su pedazo de pan para la guerra.
Diaria salida al universo transfigurado en grito. En fruta que rueda y cae bajo el bus, lenta agonía a los pies del muchacho.
Niño agobiado de soledad y deseo preguntando el amor, el pasado, la noche. Interrogando este paraje que se esfuma repetido. Preguntando su patria, su sangre, su vida.
10
Cadena otra vez sobre los días alargados hacia los polos.
Cadena otra vez simulando ataduras
Y este débil ardor que ya se extingue como la voz que cruzó la última esquina
Volviendo inútil la ventana anhelante.
Pero decía el saludo
La huella
Estallando en minuciosos gajos de rocío.
Cadena otra vez
Punto dislocado
Así los días en que perdimos la cuenta y ya no sabíamos si éramos felices con el cuerpo extendido bajo el sol.
Alguien desató un eslabón y no supimos cómo
Ni por qué los días siguieron transcurriendo sin ver que algo faltaba.
11
Nunca fue ni será la sombra que no abandona su caminar a nuestro costado.
Su anhelante pregunta, su repetición, su insistencia, vuelven a decirnos cómo fue el gesto de la voz del amor.
Redondear el camino
Cerrarlo
Volver sobre lo dicho por él cuando de los andenes ascendían los olores del amanecer y yo le daba mi poema en un papel cuadriculado.
Los ojos del amado son la frase hermética de su amor inquebrantable.
12
Y al caer la tarde
Cruzar los dedos y cerrar la ventana para que la soledad sea completa.
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